lunes, 14 de marzo de 2011

Q.E.P.N.D. (bella pérdida de tiempo)

Una de estas tardes me hallé perdiendo el tiempo. Tirada perpendicularmente sobre la cama paterna, los brazos extendidos hacia atrás, los ojos llorosos por encarar el ventilador, las piernas estiradas, la mente artificialmente despojada de preocupaciones, la cabeza echada hacia un lado. El ombligo a la intemperie.
Me asaltó la desesperación por ese castigo autoinfligido de quedarme inmóvil, estática, mientras el universo batía su vorágine a mi alrededor. “Vas a llegar tarde”, gritaron desde la cocina. No me importó, o hice como si. Me relajé a propósito, focalizándome en el yo-ahora-no, proyectándome en un hilo suelto de la sobrecama.
En eso estaba, cuando de la nada cayó un mosquito agonizante. Se desplomó a dos centímetros de la hilacha. Dio unos cuantos tumbos y se arrancó una pata. Lo odié pasivamente, extasiada ante el espectáculo de su muerte -que era también la muerte. Extendió el pico con el que alguna vez perforó carnes tibias. Le acerqué mi dedo para que se lleve un buen trago antes de cruzar el portal del merecido averno; lo rechazó rotundamente y siguió revolcándose. Se arrancó otra pata. Y un ala. Yo me limité a mirarlo fijo, para ver si así podía extender su agonía. Dió resultado; doblé la apuesta y le silbé un réquiem.
Sanguinetti -así lo bauticé- se retorció más fuerte. Imploró por una palmada redentora o un chorro de flit certero, gritó con su voz ínfima, me suplicó entre convulsiones. Yo, titánide vengativa, castigo de los más débiles, sonreí. Sonreí con una mueca gioccondesca, aguantando la respiración, cediéndole toda mi energía ociosa para que recupere fuerzas, y sufra un poco más. Pero el ventilador, un ser sin alma, se apiadó de él. Lo empujó lejos de mi vista, para que no pueda torturarlo más. Cerca de la hilacha quedaron los miembros cercenados de Sanguinetti. No me animé a tocarlos y giré la cara hacia el techo.
“Vueltera, siempre llegamos tarde por tu culpa”, volvieron a gritarme. “Andate vos”, retruqué. Se escuchó el portazo. A falta de víctima volví a fustigarme; perdiendo el tiempo plácidamente, condenándome a la inercia.

martes, 8 de marzo de 2011

Otra vez crisis (Fill in the blanks)

Siempre las buenas ideas se me ocurren cuando estoy lejos de la computadora. Creo que los textos de este blog acreditan ese postulado. Sin embargo, ultimamente he tenido una serie de ocurrencias breves-pero-afiladas que se me olvidan por no anotarlas a tiempo.


Esa sensación es algo muy complejo de describir. Un sabor agridulce escondido en algún rincón de la materia gris, una leve reminiscencia de satisfacción provocada por una chispa intelectual que se diluye en la bronca de no poder recordar qué era, agravada por la certeza de que era algo bueno. Y, cuando va a desaparecer del todo, vuelve apenas tibia, como para constatarme que existió; pero lo suficientemente fría para que me resigne ante el hecho de que no encenderá ninguna fogata.


Y así estoy ahora, persiguiendo los rastros de este afán, la estela de su perfume. Robándole letras a la Gata Varela, llenando líneas sin sentido, esperando que las ideas regresen, se dignen a aparecer. A telefonearme -aunque sea-, cuales hijas pródigas a la senil madre que represento. Pero no. Los blancos están allí. Y hay que llenarlos con vómito de palabras vacías, a falta de ideas.


La batería de la notebook pide que la alimente. El tiempo se escurre. Sigo tecleando con los dedos; mis manos se transforman en dos chamanes sioux que bailan deseperadamente bajo el efecto del peyote, rogando que las nubes tormentosas cubran el cielo desierto y que lluevan ideas sólidas. O gaseosas, para tomarlas con sorbete.


No hay caso, no pasa nad... aunque... ¡SÍ, YA ME ACORDÉ DE UNA!: Si un hombre se llama Teodoro, lo más probab[Low battery]

jueves, 20 de enero de 2011

Annoying facts (brainstorm)

Vidrieras que exhiben uniformes escolares en enero. Arjona. Las veredas de calle Carbó, tan angostas. Sobreabundancia de banditas musicalmente simplonas. El piano desafinado. Arena en el ombligo. Valeria Lynch parece un trava en ese poster. Terminé el libro, y se terminó el mundo. Descubrir que tiene mal aliento. No soy tan original. Joaquín Sabina. Caca de bebé en el piso. Pacatos con alergia a las malas palabras. Mi cuerpo no deja de despelecharse. No tengo patio. Falta un año para las vacaciones. Y no estoy cerca del mar. Escapes de autos. No conversamos más. El mosquito dejó ronchas. No tengo patio. Caca de paloma en el pelo. Kilos extra. No tenían del color que buscaba. Marcela Morelo. No entienden mi humor. Besitos sopapas de una parejita salame. Fulbo'. Doesn't speak english. Debo una materia. La mancha no sale del todo. Tengo que, pero no quiero. “La lección de piano” doblada al gallego. No puedo volver atrás en el tiempo. Pelado cara de culo que no sabe manejar. Caca de perro en la suela. Viejas falsas que dicen “que-ri-da”. Poetas nickeros baratos. Cerveza caliente. Gorilas feos. Granito en la espalda. Viejos verdes. No conozco Londres. Ni Bariloche. Dice pa' en vez de para. Nubes en un día de playa. No me queda como al maniquí. Es toquetón cuando saluda. Demasiadas trancas y cerraduras. Billy Cristal no se jubila. Infobae. Olor a chivo cebolla. Arjona. Conversciones sobre bebés. Arjona. ¡¿Mi segundo nombre tenía que ser Sabina?! Sí.

lunes, 3 de enero de 2011

Debe y haber (Felisa Memuero)

Terminó el 2010. ¡Vaya, qué noticia!, dirán ustedes. Y yo les diré: vaya, nseacagar. Es una forma de introducir el tema que voy a desenrrollar.

El rollo es así; cada vez que termina un período del calendario gregoriano -que no es otra cosa que el año comercial- la gente empieza a hacer balances en lo tocante a su vida personal. No entienden que la tierra es redonda, y por ende no se puede establecer un punto de partida desde que empezó a girar. En las esferas, no hay puntos de referencia, como sí los hay en los ángulos de un prisma. Si el globo gira ad eternum, ¿cómo se determina cuándo y dónde comienza o concluye una vuelta? Salvo que se decida arbitrariamente, y haya que crear un mes que varíe entre los 28 y 29 días, un norte, hemisferios y latitudes, para que la tierra, el sol, y la luna se amolden a las necesidades mercantiles de nuestro insignificante planeta.

Además, si se pudiera establecer ese punto, ¿qué carajos importa?

Como se habrán dado cuenta -por los desvaríos que regurgité en el párrafo anterior-, no soy astrónoma. Pero tampoco soy contadora, aunque el 95% restante de las personas parezca una horda de amateurs de la contabilidad.

Me molesta sobremanera que piensen en su vida -y en la de los demás- como una hoja dividida en debe y haber, en activo y pasivo, que se hace borrón y cuenta nueva al cabo de doce meses.

También descreo que el año pueda tener entidad como la tiene una persona. Ser bueno, malo o, incluso, feliz. ¿Feliz año nuevo? ¡Si recién empieza! ¡está en pañales, posiblemente defecados!

Felices pueden ponerse quienes se reúnen a festejar con la excusa de que estrenarán nuevo almanaque. Felices -o ilusos, tal vez-, porque creen que el nuevo calendario traerá cosas positivas, como por arte de magia. Cada comienzo de año, la misma euforia por el período que arranca. Cada fin de año, el mismo desdén por el que termina.

Sé que sueno como una resentida, pero prefiero que me llamen realista. Sigo opinando que el año, de por sí, no es bueno, malo, ni feliz, ni nada. Nuestras vidas, que no se cuentan por años, sino por vivencias, pueden ser buenas, malas, felices. O nada. Y es inadecuado repensarlas en función de un puto almanaque. El 31 de diciembre, no es (ni deja de ser) el mejor día para reflexionar. ¿Por qué no un 4 de octubre, o un 7 de marzo?

Realmente, nunca pude hacer un “balance” de mi vida. Me resultaría deprimente. Prefiero, como dice una muy querida amiga mía, sentarme en el fluir de la misma (de la vida, no de mi amiga). Disfrutar los momentos, o sufrirlos, y esperar que terminen.

Y hacer planes, sin ponerles fecha. Hacerlos, y ejecutarlos sobre la marcha, en la medida de lo posible. Porque no tengo tiempo, tengo vida.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Livin' la vida loca (un llamado a la solidaridad)

¿Qué carajos quieren decir con 'tengo una vida muy loca'? ¿Que las paredes de su habitación están acolchadas? ¿Que su placard está lleno de camisas de fuerza mal planchadas? ¿Les dan tostadas con Rivotril en el desayuno? ¿Asoman el culo pelado en la ventana cuando pasa alguna anciana? ¿Sólo caminan sobre baldosas cuya superficie sea un número impar?
Hay excusas de todos los tamaños y colores, pero esa es la más inverosímil de todas. En estos casos, no queremos excusas, queremos respuestas. Es más, ni siquiera pedí una respuesta, y de antemano me chantaron un pretexto. Why, oh, why?
Nos estábamos conociendo, nada más. Y sé que no tengo todos los patos en la fila, pero tampoco me aparecí en la puerta de su departamento con una ramo de flores y un vestido blanco, ni traje a colación palabras como bebé, iglesia, madrina, suegros, paratodalavida, amor.
Pero lo más “loco” de esta excusa “loca” es lo que vino antes: “me siento atraído por vos, y si no me equivoco vos también. Y me hago cargo de toda la onda que te tiré. Pero das para más, y yo...”
¡Stop! ¡Rewind! Yo no doy para más. Dejen de decirme eso, porque de tanto dar para más, no estoy dando para nada. Ni nadie me da. Sólo hago un llamado a la solidaridad masculina (mejor dicho, un llamado a la lástima, o a su compasión, si tienen un poquito): dejen de aparecerse en mi vida, decirme lo genial que soy, lo linda que soy, lo divertida que soy, si al final me van a chantar lo incogible que soy.
Yo me quedo en este rinconcito, y les ruego que no se me acerquen, o van a saber lo filosos que son mis dientes y lo fea que soy cuando me enojo. Gracias.

PD: Un viejo hijo de puta como Freud se preguntó qué quieren las mujeres, acuñó la palabra histeria, y les dio tela para cortar a millones de misóginos. ¡Cararrota! ¡Desgraciado! ¡¿Y 'boston'?!

martes, 16 de noviembre de 2010

Soliloco bucayesco (preludio a quién sabe que)

“El vivir en negativo es una filosofía de vida bastante complicada. No es para cualquiera. Y dado que yo soy cualquiera, todavía me pregunto el por qué de mi elección. Bah, en realidad... elección, lo que se dice elección, no fue. Más bien es algo que se ha ido dando por descarte, ¿no?.

Capáz que por ahí viene la cosa. Para mí, que no estoy segura de nada, es más fácil definirme por lo que no soy o no tengo, como una escultora que va sacando los excesos de piedra o arcilla, para descubrir la forma que subyace en el material*.

Además, puede ser pretencioso decir 'soy así', o 'mi vida es asá'. Incluso perjudicial. Los sustantivos me resultan etiquetas difíciles de despegar. Antes que decir 'estoy sola', prefiero decir 'no tengo novio', antes que decir 'soy una loser', queda mejor el 'no soy una winner', antes de aceptar que estoy gorda, prefiero indicar que no estoy muy flaca que digamos, y es mejor advertir que no soy abstemia, a confesar que soy borracha.

Porque cuando me avispo de su existencia, los defectos propios me golpean más juerte. Y ni hablar si me pongo en kamikaze y le facilito esa información a las malas lenguas.

Ya deposité grandes expectativas en mi persona, y las decepciones casi siempre fueron proporcionales en magnitud, o vinieron con el 30% de interés. Y eso, de por sí, duele, como las mentiritas. De vez en cuando, pudo haber algún acierto, pero hay que subrayar el de vez en cuando. Y el algún.

Igual, no es nada que una buena pepa no pueda enmendar, ¡upa el ánimo, Doxoadicta!¡Esmail! Un poquito de agua... y ¡glup!

Además, ahora que lo pienso, dentro de la filosofía negativa se esconde algo positivo. che: es típico de gente playa, mentirosa, boba, simplona (todo eso junto o por separado) largar frases como soy feliz, soy afortunado/a, soy rico, mis hijos son inteligentes, mi vida es perfecta, mi marido la tiene larga. ¡Qué me importa! Fuckin' ñoños...

... ¿en qué me quedé? Ah, sí, en que todo eso ¡no soy!...”


*N de los E: aunque Ud. no lo crea, la doxoadicta nunca leyó a Bucay ni Cohelo. Cualquier posible semejanza, es comunitaria, simple y pura pedorrez-

jueves, 7 de octubre de 2010

"Qué feo que queda eso en una nena" (No authentic girls allowed)

Frase odiosa, si las hay. Y, ¿cuántas veces la oí dirigida hacia mi persona? No sé, ya perdí la cuenta. Desde mi más tierna infancia, padres, abuelos, tíos, maestras y otros adultos metiches invirtieron buena parte de su tiempo en recordarme lo feo que me quedaba todo. Como si cada comportamiento fuera una prenda ultra ajustada, que mi personalidad rechoncha se empeñaba en calzarse, sin mirarse en el espejo.

Cada vez que la escuchaba, deseaba con toda el alma haber venido con un pito incluído. El pene era un free pass que habilitaba a su portador a tener moretones en las piernas; defenderse de un agresor a las piñas; jugar con autitos; negarse a usar ropa en tonos pastel con puntillas y moños; escupir en público; ser "bocasucia"; jugar al fútbol y hacer todo tipo de cosas divertidas y osadas, sin ser reprendido por los grandes.

Eso estaba bien para un "varoncito" -¡diminutivo detestable, grrr!-, pero no para mí. Mi destino era otro: en un rincón me esperaba la blonda Barbie con su sonrisa estática (que, en medio de un arranque de ira, me encargaría de desdibujar con una trincheta), para enseñarme a ser linda. Ya en esos tiempos vislumbraba yo las contradicciones y las frustraciones que a muchas produciría el no ser altas, rubias, perfectas, sexys ni tener las inalcanzables tetas duras de Barbarita.

Más allá, en otro rincón, ollas y utensilios de cocina en miniatura, para que me vaya haciendo a la idea de que en un futuro debería cocinar para el Yolibell y su padre ausente, que en cualquier momento llegaría del trabajo, pero que no repararía en el maquillaje de mentiritas con el que esmeradamente me decoraría la cara, poniendo en práctica las enseñanzas tácitas de la rubia tonta.

Para colmo de males, estaba sola. No tenía huestes rebeldes que me acompañen en mi cruzada contra la estupidez feminoide. Las demás nenas estaban contentas -o resignadas-con los regalitos sosos que les traían Papanuel y la tía Mirna; querían jugar con ellos.

Entonces, la única forma de escapar al mandato social era simplemente ignorar -o destrozar- los juguetes configuradores de boludas totales. Mi salvación: un block de hojas, lápices de colores, instrumentos musicales, libros. Pero, sobre todo, mucha imaginación. Y horas de TV.

En mi cabeza no había lugar para tíos intrometidos que se burlaran de mis andanzas como John, el detective. Tampoco me dirían "La Varonesa" -así, con v-, como solían llamarme, por transformarme en Leonardo, comer pizza, y vivir en una alcantarilla junto con una rata zen. Sin mencionar que mi cuerpo se correspondería con el de una ninja tortuga adolescente mutante que lucha contra el mal.

Y así, entre lo genial, lo retorcido y lo bizarro, me fui desviando solita hacia horizontes más prometedores, comenzando a entender que una puede hacerse su propio free pass sin necesidad de lo fálico. De a poco, iba dejando de importarme lo que dijeran los grandes. Me negaba a ser otro chicle rosadito pegoteado en la vereda de los estereotipos prefabricados.

Reconozco que luego, cuando llegué a la etapa adolescente-insegura-pelotuda-que-quiere-parecerse-a-la-manada-de-losers-que-tiene-por-compañeros, lamenté en algunas oportunidades el no haber adherido a la filosofía Barbie Girl. Y el parecerme más a Daria Morgendorfer (no tengo ganas, ni tiempo de explicar. Gugleen!), con todo lo que eso implica, no me facilitó las cosas.

Afortunadamente, lo teenagers se nos quita en poco tiempo -excepto a la madre de la finada Yomina Ran, a quien cambié el nombre para no herir susceptibilidades de la gente bien. En fin; héme aquí: no seré perfecta, pero todavía puedo atreverme a decir que soy única. No seré linda, pero nadie se parece a mí (posta, os desafío a que encontréis un personaje ficticio o persona pública con la que podáis compararme y decir el trillado "tas iguaaal"). No seré rubia, pero sí soy un poco tonta. Ken no me da ni la hora, pero G.I. Joe me guiña un ojo. Y no tomo champán en vasos de plástico, pero soy auténtica.

Jamás podría ser la chica que sostiene el vaso de chopp pero que no lo prueba, mientras un banana hace payasadas trilladas para llamarle la atención, y ella sonríe, bailando al ritmo de un hit de los 80' remixado por un Dj con onda, en un boliche lleno de gente linda, como sucede en tooodas las publicidades de cerveza.

Yo, en un boliche no puedo soltar el vaso de chopp, y trago la cerveza con fruición, para luego empezar a hacer payasadas, llamando la atención de un banana que quiere levantarme pero no puede igualar mi nivel de bananez, por lo que desiste y se pierde entre un montón de gente con olor a chivo, que baila al ritmo de un hit de Luis Miguel, remixado por un Dj que tiene una Honda, que se pudo comprar luego de ahorrar lo que gana trabajando como repartidor de pizzas.

Las cosas me siguen quedando feas, pero ya no soy una nena. No pertenezco a la créme de la créme, ¡pero al cabo que ni quería!