Además de grandes cantidades de calorías, grasas trans, puteríos y fugas de capitales, las cenas con amigos traen aparejadas cosas positivas: risas, confidencias, proyectos, nuevos amigos. Cosas por las que valen la pena engordar, tener colesterol, chusmear (sí, sí, el puterío hace mal), y quedar en bancarrota.
Últimamente, casi todas las noches me alimento (?) a base de pizzas, sandwiches, alcohol y otras porquerías carísimas que, sin embargo, me aportan felicidad.
Dicen -y cada día estoy más segura de ello- que la felicidad no es un estado permanente, sino pequeñas dosis de placer/bienestar/paz que se intercalan con cansancios, ansias, aburrimientos, enojos y tristezas. Y eso es lo que trato de inyectarme.
Otra cosa, juran que mientras menos sabe uno, cuando menos piensa, más feliz es. Por ende, cuando soy feliz no estoy con todas mis luces prendidas. O sea que la felicidad es un fluir del sinsentido.
Acerca de la felicidad también afirman que la misma no se puede comprar con dinero. Pero, digo, si pago pizza para tener una excusa para juntarme con amigos para ser feliz: ¿no estoy comprando -aunque sea indirectamente- felicidad junto con esas porciones de comida chatarra?
Cadena de sentido viciosa: 1) Tener dinero no hace a la felicidad. Pero gastarlo ¡cómo ayuda! 2) Es al pedo hablar sobre algo que no tiene sentido (como la felicidad), por lo que leer esto también es perder el tiempo. 3) El tiempo es dinero, así que estás perdiendo platita. 4) Con ese dinero, podrías estar ayudando a tu felicidad. 5) Leer esto no tiene sentido, pero tampoco te hace felíz. 6) No todo lo que no tiene sentido es felicidad. 7) Ya me cansé. Me voy a comer una hamburguesa.
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domingo, 5 de junio de 2011
martes, 8 de marzo de 2011
Otra vez crisis (Fill in the blanks)
Siempre las buenas ideas se me ocurren cuando estoy lejos de la computadora. Creo que los textos de este blog acreditan ese postulado. Sin embargo, ultimamente he tenido una serie de ocurrencias breves-pero-afiladas que se me olvidan por no anotarlas a tiempo.
Esa sensación es algo muy complejo de describir. Un sabor agridulce escondido en algún rincón de la materia gris, una leve reminiscencia de satisfacción provocada por una chispa intelectual que se diluye en la bronca de no poder recordar qué era, agravada por la certeza de que era algo bueno. Y, cuando va a desaparecer del todo, vuelve apenas tibia, como para constatarme que existió; pero lo suficientemente fría para que me resigne ante el hecho de que no encenderá ninguna fogata.
Y así estoy ahora, persiguiendo los rastros de este afán, la estela de su perfume. Robándole letras a la Gata Varela, llenando líneas sin sentido, esperando que las ideas regresen, se dignen a aparecer. A telefonearme -aunque sea-, cuales hijas pródigas a la senil madre que represento. Pero no. Los blancos están allí. Y hay que llenarlos con vómito de palabras vacías, a falta de ideas.
La batería de la notebook pide que la alimente. El tiempo se escurre. Sigo tecleando con los dedos; mis manos se transforman en dos chamanes sioux que bailan deseperadamente bajo el efecto del peyote, rogando que las nubes tormentosas cubran el cielo desierto y que lluevan ideas sólidas. O gaseosas, para tomarlas con sorbete.
No hay caso, no pasa nad... aunque... ¡SÍ, YA ME ACORDÉ DE UNA!: Si un hombre se llama Teodoro, lo más probab[Low battery]
Esa sensación es algo muy complejo de describir. Un sabor agridulce escondido en algún rincón de la materia gris, una leve reminiscencia de satisfacción provocada por una chispa intelectual que se diluye en la bronca de no poder recordar qué era, agravada por la certeza de que era algo bueno. Y, cuando va a desaparecer del todo, vuelve apenas tibia, como para constatarme que existió; pero lo suficientemente fría para que me resigne ante el hecho de que no encenderá ninguna fogata.
Y así estoy ahora, persiguiendo los rastros de este afán, la estela de su perfume. Robándole letras a la Gata Varela, llenando líneas sin sentido, esperando que las ideas regresen, se dignen a aparecer. A telefonearme -aunque sea-, cuales hijas pródigas a la senil madre que represento. Pero no. Los blancos están allí. Y hay que llenarlos con vómito de palabras vacías, a falta de ideas.
La batería de la notebook pide que la alimente. El tiempo se escurre. Sigo tecleando con los dedos; mis manos se transforman en dos chamanes sioux que bailan deseperadamente bajo el efecto del peyote, rogando que las nubes tormentosas cubran el cielo desierto y que lluevan ideas sólidas. O gaseosas, para tomarlas con sorbete.
No hay caso, no pasa nad... aunque... ¡SÍ, YA ME ACORDÉ DE UNA!: Si un hombre se llama Teodoro, lo más probab[Low battery]
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jueves, 20 de enero de 2011
Annoying facts (brainstorm)
Vidrieras que exhiben uniformes escolares en enero. Arjona. Las veredas de calle Carbó, tan angostas. Sobreabundancia de banditas musicalmente simplonas. El piano desafinado. Arena en el ombligo. Valeria Lynch parece un trava en ese poster. Terminé el libro, y se terminó el mundo. Descubrir que tiene mal aliento. No soy tan original. Joaquín Sabina. Caca de bebé en el piso. Pacatos con alergia a las malas palabras. Mi cuerpo no deja de despelecharse. No tengo patio. Falta un año para las vacaciones. Y no estoy cerca del mar. Escapes de autos. No conversamos más. El mosquito dejó ronchas. No tengo patio. Caca de paloma en el pelo. Kilos extra. No tenían del color que buscaba. Marcela Morelo. No entienden mi humor. Besitos sopapas de una parejita salame. Fulbo'. Doesn't speak english. Debo una materia. La mancha no sale del todo. Tengo que, pero no quiero. “La lección de piano” doblada al gallego. No puedo volver atrás en el tiempo. Pelado cara de culo que no sabe manejar. Caca de perro en la suela. Viejas falsas que dicen “que-ri-da”. Poetas nickeros baratos. Cerveza caliente. Gorilas feos. Granito en la espalda. Viejos verdes. No conozco Londres. Ni Bariloche. Dice pa' en vez de para. Nubes en un día de playa. No me queda como al maniquí. Es toquetón cuando saluda. Demasiadas trancas y cerraduras. Billy Cristal no se jubila. Infobae. Olor a chivo cebolla. Arjona. Conversciones sobre bebés. Arjona. ¡¿Mi segundo nombre tenía que ser Sabina?! Sí.
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lunes, 3 de enero de 2011
Debe y haber (Felisa Memuero)
Terminó el 2010. ¡Vaya, qué noticia!, dirán ustedes. Y yo les diré: vaya, nseacagar. Es una forma de introducir el tema que voy a desenrrollar.
El rollo es así; cada vez que termina un período del calendario gregoriano -que no es otra cosa que el año comercial- la gente empieza a hacer balances en lo tocante a su vida personal. No entienden que la tierra es redonda, y por ende no se puede establecer un punto de partida desde que empezó a girar. En las esferas, no hay puntos de referencia, como sí los hay en los ángulos de un prisma. Si el globo gira ad eternum, ¿cómo se determina cuándo y dónde comienza o concluye una vuelta? Salvo que se decida arbitrariamente, y haya que crear un mes que varíe entre los 28 y 29 días, un norte, hemisferios y latitudes, para que la tierra, el sol, y la luna se amolden a las necesidades mercantiles de nuestro insignificante planeta.
Además, si se pudiera establecer ese punto, ¿qué carajos importa?
Como se habrán dado cuenta -por los desvaríos que regurgité en el párrafo anterior-, no soy astrónoma. Pero tampoco soy contadora, aunque el 95% restante de las personas parezca una horda de amateurs de la contabilidad.
Me molesta sobremanera que piensen en su vida -y en la de los demás- como una hoja dividida en debe y haber, en activo y pasivo, que se hace borrón y cuenta nueva al cabo de doce meses.
También descreo que el año pueda tener entidad como la tiene una persona. Ser bueno, malo o, incluso, feliz. ¿Feliz año nuevo? ¡Si recién empieza! ¡está en pañales, posiblemente defecados!
Felices pueden ponerse quienes se reúnen a festejar con la excusa de que estrenarán nuevo almanaque. Felices -o ilusos, tal vez-, porque creen que el nuevo calendario traerá cosas positivas, como por arte de magia. Cada comienzo de año, la misma euforia por el período que arranca. Cada fin de año, el mismo desdén por el que termina.
Sé que sueno como una resentida, pero prefiero que me llamen realista. Sigo opinando que el año, de por sí, no es bueno, malo, ni feliz, ni nada. Nuestras vidas, que no se cuentan por años, sino por vivencias, pueden ser buenas, malas, felices. O nada. Y es inadecuado repensarlas en función de un puto almanaque. El 31 de diciembre, no es (ni deja de ser) el mejor día para reflexionar. ¿Por qué no un 4 de octubre, o un 7 de marzo?
Realmente, nunca pude hacer un “balance” de mi vida. Me resultaría deprimente. Prefiero, como dice una muy querida amiga mía, sentarme en el fluir de la misma (de la vida, no de mi amiga). Disfrutar los momentos, o sufrirlos, y esperar que terminen.
Y hacer planes, sin ponerles fecha. Hacerlos, y ejecutarlos sobre la marcha, en la medida de lo posible. Porque no tengo tiempo, tengo vida.
El rollo es así; cada vez que termina un período del calendario gregoriano -que no es otra cosa que el año comercial- la gente empieza a hacer balances en lo tocante a su vida personal. No entienden que la tierra es redonda, y por ende no se puede establecer un punto de partida desde que empezó a girar. En las esferas, no hay puntos de referencia, como sí los hay en los ángulos de un prisma. Si el globo gira ad eternum, ¿cómo se determina cuándo y dónde comienza o concluye una vuelta? Salvo que se decida arbitrariamente, y haya que crear un mes que varíe entre los 28 y 29 días, un norte, hemisferios y latitudes, para que la tierra, el sol, y la luna se amolden a las necesidades mercantiles de nuestro insignificante planeta.
Además, si se pudiera establecer ese punto, ¿qué carajos importa?
Como se habrán dado cuenta -por los desvaríos que regurgité en el párrafo anterior-, no soy astrónoma. Pero tampoco soy contadora, aunque el 95% restante de las personas parezca una horda de amateurs de la contabilidad.
Me molesta sobremanera que piensen en su vida -y en la de los demás- como una hoja dividida en debe y haber, en activo y pasivo, que se hace borrón y cuenta nueva al cabo de doce meses.
También descreo que el año pueda tener entidad como la tiene una persona. Ser bueno, malo o, incluso, feliz. ¿Feliz año nuevo? ¡Si recién empieza! ¡está en pañales, posiblemente defecados!
Felices pueden ponerse quienes se reúnen a festejar con la excusa de que estrenarán nuevo almanaque. Felices -o ilusos, tal vez-, porque creen que el nuevo calendario traerá cosas positivas, como por arte de magia. Cada comienzo de año, la misma euforia por el período que arranca. Cada fin de año, el mismo desdén por el que termina.
Sé que sueno como una resentida, pero prefiero que me llamen realista. Sigo opinando que el año, de por sí, no es bueno, malo, ni feliz, ni nada. Nuestras vidas, que no se cuentan por años, sino por vivencias, pueden ser buenas, malas, felices. O nada. Y es inadecuado repensarlas en función de un puto almanaque. El 31 de diciembre, no es (ni deja de ser) el mejor día para reflexionar. ¿Por qué no un 4 de octubre, o un 7 de marzo?
Realmente, nunca pude hacer un “balance” de mi vida. Me resultaría deprimente. Prefiero, como dice una muy querida amiga mía, sentarme en el fluir de la misma (de la vida, no de mi amiga). Disfrutar los momentos, o sufrirlos, y esperar que terminen.
Y hacer planes, sin ponerles fecha. Hacerlos, y ejecutarlos sobre la marcha, en la medida de lo posible. Porque no tengo tiempo, tengo vida.
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martes, 16 de noviembre de 2010
Soliloco bucayesco (preludio a quién sabe que)
“El vivir en negativo es una filosofía de vida bastante complicada. No es para cualquiera. Y dado que yo soy cualquiera, todavía me pregunto el por qué de mi elección. Bah, en realidad... elección, lo que se dice elección, no fue. Más bien es algo que se ha ido dando por descarte, ¿no?.
Capáz que por ahí viene la cosa. Para mí, que no estoy segura de nada, es más fácil definirme por lo que no soy o no tengo, como una escultora que va sacando los excesos de piedra o arcilla, para descubrir la forma que subyace en el material*.
Además, puede ser pretencioso decir 'soy así', o 'mi vida es asá'. Incluso perjudicial. Los sustantivos me resultan etiquetas difíciles de despegar. Antes que decir 'estoy sola', prefiero decir 'no tengo novio', antes que decir 'soy una loser', queda mejor el 'no soy una winner', antes de aceptar que estoy gorda, prefiero indicar que no estoy muy flaca que digamos, y es mejor advertir que no soy abstemia, a confesar que soy borracha.
Porque cuando me avispo de su existencia, los defectos propios me golpean más juerte. Y ni hablar si me pongo en kamikaze y le facilito esa información a las malas lenguas.
Ya deposité grandes expectativas en mi persona, y las decepciones casi siempre fueron proporcionales en magnitud, o vinieron con el 30% de interés. Y eso, de por sí, duele, como las mentiritas. De vez en cuando, pudo haber algún acierto, pero hay que subrayar el de vez en cuando. Y el algún.
Igual, no es nada que una buena pepa no pueda enmendar, ¡upa el ánimo, Doxoadicta!¡Esmail! Un poquito de agua... y ¡glup!
Además, ahora que lo pienso, dentro de la filosofía negativa se esconde algo positivo. che: es típico de gente playa, mentirosa, boba, simplona (todo eso junto o por separado) largar frases como soy feliz, soy afortunado/a, soy rico, mis hijos son inteligentes, mi vida es perfecta, mi marido la tiene larga. ¡Qué me importa! Fuckin' ñoños...
... ¿en qué me quedé? Ah, sí, en que todo eso ¡no soy!...”
*N de los E: aunque Ud. no lo crea, la doxoadicta nunca leyó a Bucay ni Cohelo. Cualquier posible semejanza, es comunitaria, simple y pura pedorrez-
Capáz que por ahí viene la cosa. Para mí, que no estoy segura de nada, es más fácil definirme por lo que no soy o no tengo, como una escultora que va sacando los excesos de piedra o arcilla, para descubrir la forma que subyace en el material*.
Además, puede ser pretencioso decir 'soy así', o 'mi vida es asá'. Incluso perjudicial. Los sustantivos me resultan etiquetas difíciles de despegar. Antes que decir 'estoy sola', prefiero decir 'no tengo novio', antes que decir 'soy una loser', queda mejor el 'no soy una winner', antes de aceptar que estoy gorda, prefiero indicar que no estoy muy flaca que digamos, y es mejor advertir que no soy abstemia, a confesar que soy borracha.
Porque cuando me avispo de su existencia, los defectos propios me golpean más juerte. Y ni hablar si me pongo en kamikaze y le facilito esa información a las malas lenguas.
Ya deposité grandes expectativas en mi persona, y las decepciones casi siempre fueron proporcionales en magnitud, o vinieron con el 30% de interés. Y eso, de por sí, duele, como las mentiritas. De vez en cuando, pudo haber algún acierto, pero hay que subrayar el de vez en cuando. Y el algún.
Igual, no es nada que una buena pepa no pueda enmendar, ¡upa el ánimo, Doxoadicta!¡Esmail! Un poquito de agua... y ¡glup!
Además, ahora que lo pienso, dentro de la filosofía negativa se esconde algo positivo. che: es típico de gente playa, mentirosa, boba, simplona (todo eso junto o por separado) largar frases como soy feliz, soy afortunado/a, soy rico, mis hijos son inteligentes, mi vida es perfecta, mi marido la tiene larga. ¡Qué me importa! Fuckin' ñoños...
... ¿en qué me quedé? Ah, sí, en que todo eso ¡no soy!...”
*N de los E: aunque Ud. no lo crea, la doxoadicta nunca leyó a Bucay ni Cohelo. Cualquier posible semejanza, es comunitaria, simple y pura pedorrez-
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martes, 15 de septiembre de 2009
Tipo… nada (La escritora modelo)
Esto de tener un blog no es moco de pavo. Sobre todo –y paradójicamente- cuando se es adicta a opinar, como yo. Me di cuenta de soy tan afecta a la Doxa que mi adicción ya se volvió mala. No en el sentido de “perjudicial o nociva”. No. Mala en el sentido de que no funciona, no sirve. Ni siquiera puedo sacarle el jugo a la situación.
En este momento me encuentro en la etapa denominada “el-que-mucho-abarca-poco-aprieta”. Es decir, se me ocurren muchas ideas doxomáticas, pero no soy capaz de desarrollarlas, y todas ellas quedan estancadas como fétida agua de canaleta.
En un momento pensé en comenzar a destilarlas (o a evacuarlas, ya que son pura materia fecal) en formas de aforismos. Pero no. Los aforrismos son marca registrada exclusiva de Pepe Narosky. Además, trabajar durante más de tres años en un pasquín provinciano me hizo experta en llenar páginas con muchas palabras que dicen poco, o nada, que es parecido.
Así que haré uso de mi patética habilidad, para mantener cautiva vuestra atención en calidad de rehén. ¿Cómo? Bajo la terrible amenaza de que si dejáis de leer… vuestra lectura quedará ¡trunca! ¡Trunca!, palabra fea, si las hay. Sí…
OK, suficiente. No os vayáis, quitad el cursor de la equis. Sé que leer esto es tan productivo como hacer bolitas de moco o jugar con la Píldora Mágica de Jugate conmigo; soy conciente de eso. Pero, a manera de inexcusable excusa, debo decir que detrás de estas líneas torcidas se esconde una gran verdad; una verdad que quizás sospechasteis desde un principio: soy una modelo atrapada en el cuerpo de una catadora de flan casero. Y bueno… nada…
N. de los E*: Estas palabras fueron escritas por la señorita L.A. durante un lapso de éxtasis provocado por una sobredosis de Doxa. Les comunicamos que la señorita se está recuperando favorablemente después de la recaída sufrida días atrás. Tras recobrar el conocimiento –la hallamos envuelta en papel film, temblando y largando espuma por la boca- nos pidió expresamente que publiquemos estas palabras, a modo de autocastigo por su falta de fuerza de voluntad.
*Enfermeros del Centro de Rehabilitación de Doxoadictos Filial Ciudad de Halle.
En este momento me encuentro en la etapa denominada “el-que-mucho-abarca-poco-aprieta”. Es decir, se me ocurren muchas ideas doxomáticas, pero no soy capaz de desarrollarlas, y todas ellas quedan estancadas como fétida agua de canaleta.
En un momento pensé en comenzar a destilarlas (o a evacuarlas, ya que son pura materia fecal) en formas de aforismos. Pero no. Los aforrismos son marca registrada exclusiva de Pepe Narosky. Además, trabajar durante más de tres años en un pasquín provinciano me hizo experta en llenar páginas con muchas palabras que dicen poco, o nada, que es parecido.
Así que haré uso de mi patética habilidad, para mantener cautiva vuestra atención en calidad de rehén. ¿Cómo? Bajo la terrible amenaza de que si dejáis de leer… vuestra lectura quedará ¡trunca! ¡Trunca!, palabra fea, si las hay. Sí…
OK, suficiente. No os vayáis, quitad el cursor de la equis. Sé que leer esto es tan productivo como hacer bolitas de moco o jugar con la Píldora Mágica de Jugate conmigo; soy conciente de eso. Pero, a manera de inexcusable excusa, debo decir que detrás de estas líneas torcidas se esconde una gran verdad; una verdad que quizás sospechasteis desde un principio: soy una modelo atrapada en el cuerpo de una catadora de flan casero. Y bueno… nada…
N. de los E*: Estas palabras fueron escritas por la señorita L.A. durante un lapso de éxtasis provocado por una sobredosis de Doxa. Les comunicamos que la señorita se está recuperando favorablemente después de la recaída sufrida días atrás. Tras recobrar el conocimiento –la hallamos envuelta en papel film, temblando y largando espuma por la boca- nos pidió expresamente que publiquemos estas palabras, a modo de autocastigo por su falta de fuerza de voluntad.
*Enfermeros del Centro de Rehabilitación de Doxoadictos Filial Ciudad de Halle.
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miércoles, 2 de septiembre de 2009
Nunca es suficiente (I can get no satisfaction)
Es altamente adictiva. Apenas la probamos, las pupilas se dilatan y el organismo pide más. Lo peor es que es muy difícil dejarla, porque ella no nos deja a nosotros. Es más, la masa encefálica comienza a producirla para autoabastecerse, así que nos pegamos un saque cuando menos lo esperamos.
Sus efectos son tan sutiles que los adictos –estimados en unos 5.9 billones- no los percibimos, ninguna dosis alcanza. Lo más grave es que, por la cantidad de afectados, esta adicción debería ser considerada una pandemia. Pero la OMS no la reconoce, porque el 99% de las personas que trabajan para dicho organismo son adictas también. Ni siquiera la consideran peligrosa, ya que los enfermos pueden llevar una vida “normal” que –mal que les pese a los pocos sanos- puede extenderse hasta los 110 años.
La mejor forma de identificar a un adicto es constatar los siguientes síntomas: delirio de sabiduría, mirada altanera, pérdida de la razón (no por demencia, sino por boludez crónica), tendencia a opinar sobre todo, apertura de cuentas de Facebook y/o blogs (extensión para canalizar el síntoma anterior).
Pero hay que destacar que este último indicio no es necesariamente determinante a la hora de individualizar a quienes padecen esta dolencia, ya que la mayoría de los afectados son personas mayores de 50 años, quienes –generalmente- ni siquiera saben qué es un blog.
Es frecuente, entre los pacientes de esta franja etaria, escuchar frases como “los jóvenes de hoy no saben nada de la vida”, “yo aprendí en la universidad de la calle” o “cuando vos vas, yo ya fui y volví diez veces”, entre otras expresiones igualmente insoportables.
De todas maneras, nadie está exento de caer en las redes de esta adicción: jóvenes, viejos, gordos, flacas homosexuales, héteros, profesionales, obreras calificadas, estudiantes, profesores. Todos y todas somos víctimas potenciales.
Pero no todo está perdido, existe un camino a la rehabilitación. Es arduo, pero se puede. Existe un antídoto para el cual no se necesita prescripción médica: se llama Episteme. No es muy popular, su sabor no es tan dulce como el de la Doxa (nombre genérico de la “droga” a la que soy adicta, por si no se dieron cuenta), y conseguirla cuesta mucho más (esfuerzo, no dinero). Pero vale la pena intentarlo.
Como ya se habrán imaginado, al momento de escribir estas líneas me encuentro careta, pero el delirium tremens está comenzando a afectarme. Así que me despido de vosotros, porque el blog, si bien es mi vía de catarsis, también puede ser un arma de doble filo.
¡Hasta la próxima!
Sus efectos son tan sutiles que los adictos –estimados en unos 5.9 billones- no los percibimos, ninguna dosis alcanza. Lo más grave es que, por la cantidad de afectados, esta adicción debería ser considerada una pandemia. Pero la OMS no la reconoce, porque el 99% de las personas que trabajan para dicho organismo son adictas también. Ni siquiera la consideran peligrosa, ya que los enfermos pueden llevar una vida “normal” que –mal que les pese a los pocos sanos- puede extenderse hasta los 110 años.
La mejor forma de identificar a un adicto es constatar los siguientes síntomas: delirio de sabiduría, mirada altanera, pérdida de la razón (no por demencia, sino por boludez crónica), tendencia a opinar sobre todo, apertura de cuentas de Facebook y/o blogs (extensión para canalizar el síntoma anterior).
Pero hay que destacar que este último indicio no es necesariamente determinante a la hora de individualizar a quienes padecen esta dolencia, ya que la mayoría de los afectados son personas mayores de 50 años, quienes –generalmente- ni siquiera saben qué es un blog.
Es frecuente, entre los pacientes de esta franja etaria, escuchar frases como “los jóvenes de hoy no saben nada de la vida”, “yo aprendí en la universidad de la calle” o “cuando vos vas, yo ya fui y volví diez veces”, entre otras expresiones igualmente insoportables.
De todas maneras, nadie está exento de caer en las redes de esta adicción: jóvenes, viejos, gordos, flacas homosexuales, héteros, profesionales, obreras calificadas, estudiantes, profesores. Todos y todas somos víctimas potenciales.
Pero no todo está perdido, existe un camino a la rehabilitación. Es arduo, pero se puede. Existe un antídoto para el cual no se necesita prescripción médica: se llama Episteme. No es muy popular, su sabor no es tan dulce como el de la Doxa (nombre genérico de la “droga” a la que soy adicta, por si no se dieron cuenta), y conseguirla cuesta mucho más (esfuerzo, no dinero). Pero vale la pena intentarlo.
Como ya se habrán imaginado, al momento de escribir estas líneas me encuentro careta, pero el delirium tremens está comenzando a afectarme. Así que me despido de vosotros, porque el blog, si bien es mi vía de catarsis, también puede ser un arma de doble filo.
¡Hasta la próxima!
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