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viernes, 19 de agosto de 2011

Hoy (the inner old lady)



Hoy me salió mi primera arruga. Me levanté esta mañana, y estaba ahí, en la parte superior de la frente. Junto a un granito, para que sea un poco más irónico. Me puse triste, antes era una línea de expresión, pero ahora se niega a desaparecer por más cara de poker que ponga.
Lloré. Fui al baño y me restregué la cara con todas las cremas que tengo en el botiquín, en medio de un arrebato de desesperación, apelando a la magia que venden por catálogo. Pero no funcionó; hoy abandoné del todo mi tibia creencia en las soluciones exprés.
Y yo, ingenua, que pensaba que esto nunca me iba a suceder. En realidad, sabía que pasaría, pero no sabía cómo. Imaginaba que la primera marca aparecería en un tiempo muy lejano -algo así como cinco años-, que sería una pequeñita pata de gallo, de esas que salen de tanto reír. Pero no. Se ubicó bien arriba, casi en el nacimiento del flequillo, de esas que salen de tanto preocuparse.
Me encontré todo el día intentando en vano frenar ese impulso de arquear las cejas mientras leo o escribo, mientras saco y pago cuentas, mientras me esfuerzo en el gimnasio, mientras pienso qué voy a hacer con todo lo que tengo que hacer. Me encontré a todo el mundo preguntándome “¿estás triste?”, “¿estás chinchuda?, “¿qué te pasa?”, “ni ahí que salimos, ¿no?”. Sí, me encontré.
Este día entendí de que la vieja que todas llevamos dentro está peleando por salir, que le quitó los lapicitos de colores a mi nena interior. Y bueno, veintiseis años es demasiado encierro para cualquiera, así que hoy le doy tregua, hoy tiene el día libre. Hoy. Pero mañana será otro día, el mañana no les pertenece a los gerontes. Y ya la voy a agarrar, ¡vieja de mierda!

jueves, 30 de junio de 2011

Life as a cliché 1 (“T-chín”)

Hay una serie de clichés cinematográficos que anhelo con ansias que sucedan en mi vida real -porque en la imaginaria ya no caben más, hasta los empecé a repetir. Vale aclarar que muchos no pertenecen a ninguna película en particular, sino que son producto de mi imaginación -o fueron retocados por la misma-, que está en constante feedback con el séptimo arte. Porque me gusta imaginar que soy la protagonista de mi propia vida. “T-chín!” (Nota: esta onomatopeya aparecerá al final de cada frase, escena o personaje candidato a ser incluido en el guión de la película pochoclera que jamás escribiré).
Uno de mis sueños más recurrentes es bajar de un Corvette (t-chín) junto a un muchacho alto, rubio y musculoso (t-chín, t-chín), entrar a un restaurant de poca monta, situado junto alguna carretera que atraviese el desierto de Arizona (t-chín, t-chín, t-chín), y que una camarera whitetrash llamada Loretta nos sirva café mientras le guiña el ojo a mi novio y masca chicle cuan rumiante en celo (t-chín, t-chín, t-chín, t-chín); él le sonríe, le toca el culo y yo les sampo la taza de café a ambos. Me acomodo los lentes de sol, y salgo disparada hacia el horizonte en mi bólido rojo, mientras les muestro el dedo del medio por el espejo retrovisor (tsunami de t-chín's).
Otra escena que se repite desde mi infancia es la celebración (?... !) de mi funeral: una tarde lluviosa (t-chín, t-chín) una pompa fúnebre marcha apesadumbradamente, llevando mi féretro, vestidos todos de negro -las mujeres, con velos- (t-chín, t-chín, t-chín) mientras suena de fondo el Adagio de Samuel Barber (t-chín, t-chín, t-chín, t-chín,), y toda la gente que fue mala conmigo (por lo general, mi pobre madre) echa un puñadito de tierra sobre mi cajón mientras la culpa les carcome el interior (orgasmo de t-chín's). Lástima que no voy a estar viva para ver esto.
Pero el mejor de los cichés es discutir acaloradamente en français con Vincent Cassel, y concluir todo con un “je t'adore, mon amour” (+ un french kiss).

Continuará... (t-chín!)

domingo, 5 de junio de 2011

Felicidad y sinsentidos (texto sans goyette)

Además de grandes cantidades de calorías, grasas trans, puteríos y fugas de capitales, las cenas con amigos traen aparejadas cosas positivas: risas, confidencias, proyectos, nuevos amigos. Cosas por las que valen la pena engordar, tener colesterol, chusmear (sí, sí, el puterío hace mal), y quedar en bancarrota.
Últimamente, casi todas las noches me alimento (?) a base de pizzas, sandwiches, alcohol y otras porquerías carísimas que, sin embargo, me aportan felicidad.
Dicen -y cada día estoy más segura de ello- que la felicidad no es un estado permanente, sino pequeñas dosis de placer/bienestar/paz que se intercalan con cansancios, ansias, aburrimientos, enojos y tristezas. Y eso es lo que trato de inyectarme.
Otra cosa, juran que mientras menos sabe uno, cuando menos piensa, más feliz es. Por ende, cuando soy feliz no estoy con todas mis luces prendidas. O sea que la felicidad es un fluir del sinsentido.
Acerca de la felicidad también afirman que la misma no se puede comprar con dinero. Pero, digo, si pago pizza para tener una excusa para juntarme con amigos para ser feliz: ¿no estoy comprando -aunque sea indirectamente- felicidad junto con esas porciones de comida chatarra?

Cadena de sentido viciosa: 1) Tener dinero no hace a la felicidad. Pero gastarlo ¡cómo ayuda! 2) Es al pedo hablar sobre algo que no tiene sentido (como la felicidad), por lo que leer esto también es perder el tiempo. 3) El tiempo es dinero, así que estás perdiendo platita. 4) Con ese dinero, podrías estar ayudando a tu felicidad. 5) Leer esto no tiene sentido, pero tampoco te hace felíz. 6) No todo lo que no tiene sentido es felicidad. 7) Ya me cansé. Me voy a comer una hamburguesa.

martes, 8 de marzo de 2011

Otra vez crisis (Fill in the blanks)

Siempre las buenas ideas se me ocurren cuando estoy lejos de la computadora. Creo que los textos de este blog acreditan ese postulado. Sin embargo, ultimamente he tenido una serie de ocurrencias breves-pero-afiladas que se me olvidan por no anotarlas a tiempo.


Esa sensación es algo muy complejo de describir. Un sabor agridulce escondido en algún rincón de la materia gris, una leve reminiscencia de satisfacción provocada por una chispa intelectual que se diluye en la bronca de no poder recordar qué era, agravada por la certeza de que era algo bueno. Y, cuando va a desaparecer del todo, vuelve apenas tibia, como para constatarme que existió; pero lo suficientemente fría para que me resigne ante el hecho de que no encenderá ninguna fogata.


Y así estoy ahora, persiguiendo los rastros de este afán, la estela de su perfume. Robándole letras a la Gata Varela, llenando líneas sin sentido, esperando que las ideas regresen, se dignen a aparecer. A telefonearme -aunque sea-, cuales hijas pródigas a la senil madre que represento. Pero no. Los blancos están allí. Y hay que llenarlos con vómito de palabras vacías, a falta de ideas.


La batería de la notebook pide que la alimente. El tiempo se escurre. Sigo tecleando con los dedos; mis manos se transforman en dos chamanes sioux que bailan deseperadamente bajo el efecto del peyote, rogando que las nubes tormentosas cubran el cielo desierto y que lluevan ideas sólidas. O gaseosas, para tomarlas con sorbete.


No hay caso, no pasa nad... aunque... ¡SÍ, YA ME ACORDÉ DE UNA!: Si un hombre se llama Teodoro, lo más probab[Low battery]

jueves, 20 de enero de 2011

Annoying facts (brainstorm)

Vidrieras que exhiben uniformes escolares en enero. Arjona. Las veredas de calle Carbó, tan angostas. Sobreabundancia de banditas musicalmente simplonas. El piano desafinado. Arena en el ombligo. Valeria Lynch parece un trava en ese poster. Terminé el libro, y se terminó el mundo. Descubrir que tiene mal aliento. No soy tan original. Joaquín Sabina. Caca de bebé en el piso. Pacatos con alergia a las malas palabras. Mi cuerpo no deja de despelecharse. No tengo patio. Falta un año para las vacaciones. Y no estoy cerca del mar. Escapes de autos. No conversamos más. El mosquito dejó ronchas. No tengo patio. Caca de paloma en el pelo. Kilos extra. No tenían del color que buscaba. Marcela Morelo. No entienden mi humor. Besitos sopapas de una parejita salame. Fulbo'. Doesn't speak english. Debo una materia. La mancha no sale del todo. Tengo que, pero no quiero. “La lección de piano” doblada al gallego. No puedo volver atrás en el tiempo. Pelado cara de culo que no sabe manejar. Caca de perro en la suela. Viejas falsas que dicen “que-ri-da”. Poetas nickeros baratos. Cerveza caliente. Gorilas feos. Granito en la espalda. Viejos verdes. No conozco Londres. Ni Bariloche. Dice pa' en vez de para. Nubes en un día de playa. No me queda como al maniquí. Es toquetón cuando saluda. Demasiadas trancas y cerraduras. Billy Cristal no se jubila. Infobae. Olor a chivo cebolla. Arjona. Conversciones sobre bebés. Arjona. ¡¿Mi segundo nombre tenía que ser Sabina?! Sí.

lunes, 3 de enero de 2011

Debe y haber (Felisa Memuero)

Terminó el 2010. ¡Vaya, qué noticia!, dirán ustedes. Y yo les diré: vaya, nseacagar. Es una forma de introducir el tema que voy a desenrrollar.

El rollo es así; cada vez que termina un período del calendario gregoriano -que no es otra cosa que el año comercial- la gente empieza a hacer balances en lo tocante a su vida personal. No entienden que la tierra es redonda, y por ende no se puede establecer un punto de partida desde que empezó a girar. En las esferas, no hay puntos de referencia, como sí los hay en los ángulos de un prisma. Si el globo gira ad eternum, ¿cómo se determina cuándo y dónde comienza o concluye una vuelta? Salvo que se decida arbitrariamente, y haya que crear un mes que varíe entre los 28 y 29 días, un norte, hemisferios y latitudes, para que la tierra, el sol, y la luna se amolden a las necesidades mercantiles de nuestro insignificante planeta.

Además, si se pudiera establecer ese punto, ¿qué carajos importa?

Como se habrán dado cuenta -por los desvaríos que regurgité en el párrafo anterior-, no soy astrónoma. Pero tampoco soy contadora, aunque el 95% restante de las personas parezca una horda de amateurs de la contabilidad.

Me molesta sobremanera que piensen en su vida -y en la de los demás- como una hoja dividida en debe y haber, en activo y pasivo, que se hace borrón y cuenta nueva al cabo de doce meses.

También descreo que el año pueda tener entidad como la tiene una persona. Ser bueno, malo o, incluso, feliz. ¿Feliz año nuevo? ¡Si recién empieza! ¡está en pañales, posiblemente defecados!

Felices pueden ponerse quienes se reúnen a festejar con la excusa de que estrenarán nuevo almanaque. Felices -o ilusos, tal vez-, porque creen que el nuevo calendario traerá cosas positivas, como por arte de magia. Cada comienzo de año, la misma euforia por el período que arranca. Cada fin de año, el mismo desdén por el que termina.

Sé que sueno como una resentida, pero prefiero que me llamen realista. Sigo opinando que el año, de por sí, no es bueno, malo, ni feliz, ni nada. Nuestras vidas, que no se cuentan por años, sino por vivencias, pueden ser buenas, malas, felices. O nada. Y es inadecuado repensarlas en función de un puto almanaque. El 31 de diciembre, no es (ni deja de ser) el mejor día para reflexionar. ¿Por qué no un 4 de octubre, o un 7 de marzo?

Realmente, nunca pude hacer un “balance” de mi vida. Me resultaría deprimente. Prefiero, como dice una muy querida amiga mía, sentarme en el fluir de la misma (de la vida, no de mi amiga). Disfrutar los momentos, o sufrirlos, y esperar que terminen.

Y hacer planes, sin ponerles fecha. Hacerlos, y ejecutarlos sobre la marcha, en la medida de lo posible. Porque no tengo tiempo, tengo vida.

martes, 16 de noviembre de 2010

Soliloco bucayesco (preludio a quién sabe que)

“El vivir en negativo es una filosofía de vida bastante complicada. No es para cualquiera. Y dado que yo soy cualquiera, todavía me pregunto el por qué de mi elección. Bah, en realidad... elección, lo que se dice elección, no fue. Más bien es algo que se ha ido dando por descarte, ¿no?.

Capáz que por ahí viene la cosa. Para mí, que no estoy segura de nada, es más fácil definirme por lo que no soy o no tengo, como una escultora que va sacando los excesos de piedra o arcilla, para descubrir la forma que subyace en el material*.

Además, puede ser pretencioso decir 'soy así', o 'mi vida es asá'. Incluso perjudicial. Los sustantivos me resultan etiquetas difíciles de despegar. Antes que decir 'estoy sola', prefiero decir 'no tengo novio', antes que decir 'soy una loser', queda mejor el 'no soy una winner', antes de aceptar que estoy gorda, prefiero indicar que no estoy muy flaca que digamos, y es mejor advertir que no soy abstemia, a confesar que soy borracha.

Porque cuando me avispo de su existencia, los defectos propios me golpean más juerte. Y ni hablar si me pongo en kamikaze y le facilito esa información a las malas lenguas.

Ya deposité grandes expectativas en mi persona, y las decepciones casi siempre fueron proporcionales en magnitud, o vinieron con el 30% de interés. Y eso, de por sí, duele, como las mentiritas. De vez en cuando, pudo haber algún acierto, pero hay que subrayar el de vez en cuando. Y el algún.

Igual, no es nada que una buena pepa no pueda enmendar, ¡upa el ánimo, Doxoadicta!¡Esmail! Un poquito de agua... y ¡glup!

Además, ahora que lo pienso, dentro de la filosofía negativa se esconde algo positivo. che: es típico de gente playa, mentirosa, boba, simplona (todo eso junto o por separado) largar frases como soy feliz, soy afortunado/a, soy rico, mis hijos son inteligentes, mi vida es perfecta, mi marido la tiene larga. ¡Qué me importa! Fuckin' ñoños...

... ¿en qué me quedé? Ah, sí, en que todo eso ¡no soy!...”


*N de los E: aunque Ud. no lo crea, la doxoadicta nunca leyó a Bucay ni Cohelo. Cualquier posible semejanza, es comunitaria, simple y pura pedorrez-

jueves, 7 de octubre de 2010

"Qué feo que queda eso en una nena" (No authentic girls allowed)

Frase odiosa, si las hay. Y, ¿cuántas veces la oí dirigida hacia mi persona? No sé, ya perdí la cuenta. Desde mi más tierna infancia, padres, abuelos, tíos, maestras y otros adultos metiches invirtieron buena parte de su tiempo en recordarme lo feo que me quedaba todo. Como si cada comportamiento fuera una prenda ultra ajustada, que mi personalidad rechoncha se empeñaba en calzarse, sin mirarse en el espejo.

Cada vez que la escuchaba, deseaba con toda el alma haber venido con un pito incluído. El pene era un free pass que habilitaba a su portador a tener moretones en las piernas; defenderse de un agresor a las piñas; jugar con autitos; negarse a usar ropa en tonos pastel con puntillas y moños; escupir en público; ser "bocasucia"; jugar al fútbol y hacer todo tipo de cosas divertidas y osadas, sin ser reprendido por los grandes.

Eso estaba bien para un "varoncito" -¡diminutivo detestable, grrr!-, pero no para mí. Mi destino era otro: en un rincón me esperaba la blonda Barbie con su sonrisa estática (que, en medio de un arranque de ira, me encargaría de desdibujar con una trincheta), para enseñarme a ser linda. Ya en esos tiempos vislumbraba yo las contradicciones y las frustraciones que a muchas produciría el no ser altas, rubias, perfectas, sexys ni tener las inalcanzables tetas duras de Barbarita.

Más allá, en otro rincón, ollas y utensilios de cocina en miniatura, para que me vaya haciendo a la idea de que en un futuro debería cocinar para el Yolibell y su padre ausente, que en cualquier momento llegaría del trabajo, pero que no repararía en el maquillaje de mentiritas con el que esmeradamente me decoraría la cara, poniendo en práctica las enseñanzas tácitas de la rubia tonta.

Para colmo de males, estaba sola. No tenía huestes rebeldes que me acompañen en mi cruzada contra la estupidez feminoide. Las demás nenas estaban contentas -o resignadas-con los regalitos sosos que les traían Papanuel y la tía Mirna; querían jugar con ellos.

Entonces, la única forma de escapar al mandato social era simplemente ignorar -o destrozar- los juguetes configuradores de boludas totales. Mi salvación: un block de hojas, lápices de colores, instrumentos musicales, libros. Pero, sobre todo, mucha imaginación. Y horas de TV.

En mi cabeza no había lugar para tíos intrometidos que se burlaran de mis andanzas como John, el detective. Tampoco me dirían "La Varonesa" -así, con v-, como solían llamarme, por transformarme en Leonardo, comer pizza, y vivir en una alcantarilla junto con una rata zen. Sin mencionar que mi cuerpo se correspondería con el de una ninja tortuga adolescente mutante que lucha contra el mal.

Y así, entre lo genial, lo retorcido y lo bizarro, me fui desviando solita hacia horizontes más prometedores, comenzando a entender que una puede hacerse su propio free pass sin necesidad de lo fálico. De a poco, iba dejando de importarme lo que dijeran los grandes. Me negaba a ser otro chicle rosadito pegoteado en la vereda de los estereotipos prefabricados.

Reconozco que luego, cuando llegué a la etapa adolescente-insegura-pelotuda-que-quiere-parecerse-a-la-manada-de-losers-que-tiene-por-compañeros, lamenté en algunas oportunidades el no haber adherido a la filosofía Barbie Girl. Y el parecerme más a Daria Morgendorfer (no tengo ganas, ni tiempo de explicar. Gugleen!), con todo lo que eso implica, no me facilitó las cosas.

Afortunadamente, lo teenagers se nos quita en poco tiempo -excepto a la madre de la finada Yomina Ran, a quien cambié el nombre para no herir susceptibilidades de la gente bien. En fin; héme aquí: no seré perfecta, pero todavía puedo atreverme a decir que soy única. No seré linda, pero nadie se parece a mí (posta, os desafío a que encontréis un personaje ficticio o persona pública con la que podáis compararme y decir el trillado "tas iguaaal"). No seré rubia, pero sí soy un poco tonta. Ken no me da ni la hora, pero G.I. Joe me guiña un ojo. Y no tomo champán en vasos de plástico, pero soy auténtica.

Jamás podría ser la chica que sostiene el vaso de chopp pero que no lo prueba, mientras un banana hace payasadas trilladas para llamarle la atención, y ella sonríe, bailando al ritmo de un hit de los 80' remixado por un Dj con onda, en un boliche lleno de gente linda, como sucede en tooodas las publicidades de cerveza.

Yo, en un boliche no puedo soltar el vaso de chopp, y trago la cerveza con fruición, para luego empezar a hacer payasadas, llamando la atención de un banana que quiere levantarme pero no puede igualar mi nivel de bananez, por lo que desiste y se pierde entre un montón de gente con olor a chivo, que baila al ritmo de un hit de Luis Miguel, remixado por un Dj que tiene una Honda, que se pudo comprar luego de ahorrar lo que gana trabajando como repartidor de pizzas.

Las cosas me siguen quedando feas, pero ya no soy una nena. No pertenezco a la créme de la créme, ¡pero al cabo que ni quería!

miércoles, 17 de febrero de 2010

Porque me gusta (¿Por qué me gusta?)

Advertencia: este texto es sólo una nota estúpida que enumera los gustos y pareceres pseudo onanísticos de la doxoadicta, que no le importan a nadie más que a ella. Léalo bajo su propio riesgo. O, si prefiere, al costado.

“¿Por qué me gusta?”. Es una pregunta que me ha atormentado desde los comienzos de mi humanidad. Hay ropa, situaciones, obras, personas, comidas, colores, lugares que me gustan o agradan, y cuando quiero dar cuenta del por qué, no puedo dar una explicación satisfactoria ni para mí, ni para los demás.

Parece que sólo debería conformarme con disfrutar de la presencia, proyección, o interacción con el objeto/ sujeto de mi afecto. Palo y a la bolsa. Y es una excelente idea, eh. Pero, casi siempre me vienen esas ganas estúpidas de analizar el por qué, sin sesgos psicologistas (¡ni siquiera eso!), sino desde mi perspectiva de doxoadicta, que llega a conclusiones sin sustento, en base a mis encubiertamente caprichosos dictámenes.

Y bueno, he aquí algunas explicaciones que, más explicaciones, son un catálogo de cualidades que esas cosas deben tener para gustarme, y sólo provoca que vuelva a repreguntarme el por qué hasta el infinito.

Pero como soy valiente (o porque no tengo excusas), reconozco mi frustración ante el intento de hallar respuestas a tamaña pregunta existencial.

A continuación, describo por qué me gustan determinadas cosas, aunque realmente esté respondiendo qué cualidades me gustan de los objetos/ sujetos en cuestión.

Noche: me gusta tanto, que al día le pondría una inyección letal. La noche me agrada porque el sol no me encandila; es fresca; ya no estoy en el trabajo; el cielo es azul profundo; se ven las estrellas; las sombras envuelven la vida con un halo de misterio; puedo tomar cerveza sin que me miren feo (como me sí me pasó la otra mañana); porque puedo dormir seis horas de un tirón; los autos no hacen tanto barullo; porque puedo leer un libro sin que me llamen, me jodan, me pellizquen o me tiren pedos; porque se ven los Ovnis; porque es cuando la gente está más desocupada y puedo encontrarme con familiares/amigos/gratos conocidos; porque me puedo esconder en la oscuridad y asustar al que pase cerca; porque el jazmín del patio emana más perfume; porque tiene sentido mirar una peli de terror.

Helado de crema (excepto sambayón, pistaccio, y la barra de veneto): es dulce; refrescante; me da un “masoquistita” dolor de cabeza; no tengo que masticarlo (porque se toma, por supuesto); generalmente se consume en una ocasión o celebración especial; pone en alerta todas las áreas de mis papilas gustativas; es suave; cremoso; me genera expectativas mientras como la comida; y es (¿no lo mencioné?) rico, rico, rico ríííííícoooo… mmm. ¡Rico!

Azul: me trae nostalgias, es el color del cielo y del mar, da la sensación de profunda calma, es bastante combinable, da nombre a una pegajosa canción de Cristian Castro; creo que es el color del infinito; su nombre, en inglés, hace referencia a un hermoso género musical.

Bach (Johann Sebastián, no el de Juan Salvador Gaviota): su música es a la vez matemática y sentimental, todas sus composiciones valen la pena de ser escuchadas, sus armonías no tienen comparación, con sus escalas cromáticas sentó las bases para la música que lo sucedió (incluso, aunque me cueste reconocerlo, Arjona y Palito Ortega), todos le copian y nadie se da cuenta. Si no te gusta Bach, tenés tubérculos creciéndote en los oídos.

Cerveza: es dorada, me entretiene ver como suben las burbujitas e hilera para formar la espuma, tiene un delicioso dejo amargo y miles de vestigios de sabor, me pone contenta, se toma de noche, se toma con otra gente, fortalece los huesos, y genera la mayoría de las publicidades originales y no detestables que puedan verse en televisión.

Mar (excepto del Plata): va y viene, no tiene camalotes ni víboras, es azul, me deja perpleja en su inmensidad, no se ve la otra orilla, es majestuoso, las olas me salpican desde lejos, no corro riesgos de que un sorete me pase nadando cerca (como en los riachos serranos), siempre hay viento cerca del mar.

Gente que me agrada: me gusta escuchar lo que tienen para decir, aunque no sea sabio ni profundo, pero son buenos relatores/as, saben convertir lo rutinario en una artesanía, como mínimo.

Bueno, como ya no tengo ganas de seguir escribiendo ovarieses, hasta acá llegué.
Y sólo puedo agregar que la mejor respuesta a mi pregunta es: ¡Porque me gusta, carajo!

martes, 15 de septiembre de 2009

Tipo… nada (La escritora modelo)

Esto de tener un blog no es moco de pavo. Sobre todo –y paradójicamente- cuando se es adicta a opinar, como yo. Me di cuenta de soy tan afecta a la Doxa que mi adicción ya se volvió mala. No en el sentido de “perjudicial o nociva”. No. Mala en el sentido de que no funciona, no sirve. Ni siquiera puedo sacarle el jugo a la situación.
En este momento me encuentro en la etapa denominada “el-que-mucho-abarca-poco-aprieta”. Es decir, se me ocurren muchas ideas doxomáticas, pero no soy capaz de desarrollarlas, y todas ellas quedan estancadas como fétida agua de canaleta.
En un momento pensé en comenzar a destilarlas (o a evacuarlas, ya que son pura materia fecal) en formas de aforismos. Pero no. Los aforrismos son marca registrada exclusiva de Pepe Narosky. Además, trabajar durante más de tres años en un pasquín provinciano me hizo experta en llenar páginas con muchas palabras que dicen poco, o nada, que es parecido.
Así que haré uso de mi patética habilidad, para mantener cautiva vuestra atención en calidad de rehén. ¿Cómo? Bajo la terrible amenaza de que si dejáis de leer… vuestra lectura quedará ¡trunca! ¡Trunca!, palabra fea, si las hay. Sí…
OK, suficiente. No os vayáis, quitad el cursor de la equis. Sé que leer esto es tan productivo como hacer bolitas de moco o jugar con la Píldora Mágica de Jugate conmigo; soy conciente de eso. Pero, a manera de inexcusable excusa, debo decir que detrás de estas líneas torcidas se esconde una gran verdad; una verdad que quizás sospechasteis desde un principio: soy una modelo atrapada en el cuerpo de una catadora de flan casero. Y bueno… nada…

N. de los E*: Estas palabras fueron escritas por la señorita L.A. durante un lapso de éxtasis provocado por una sobredosis de Doxa. Les comunicamos que la señorita se está recuperando favorablemente después de la recaída sufrida días atrás. Tras recobrar el conocimiento –la hallamos envuelta en papel film, temblando y largando espuma por la boca- nos pidió expresamente que publiquemos estas palabras, a modo de autocastigo por su falta de fuerza de voluntad.

*Enfermeros del Centro de Rehabilitación de Doxoadictos Filial Ciudad de Halle.