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martes, 2 de agosto de 2011
Apología prosáica (parole, parole, parole)
...hoy te voy a pedir que cambiemos tanto verso por una prosa. Que sea espontánea, libre, de corrido. Saquemos el artificio de sobra, imaginemos que existe un lenguaje en estado puro o acerquémonos un poco a lo imposible. Dejemos que los espacios nazcan cuando nos bese el silencio y la métrica se adapte a la partitura. Escribamos sin respetar el margen, afuera de la hoja, sobre la mesa, en el piso, las paredes, en nuestras frentes. Y que cuando nos lean en voz alta se estremezcan, aunque no entiendan. Dibujemos letras blancas, redondas. Silbemos la música sin compás de la poesía. Actuemos cada verbo hasta el hastío, saquemos adjetivos rozando el arco de un violín, gimamos sustantivos que no sean necesarios. Andemos por las sendas del doble sentido y soñemos una casa donde nos abriguen palabras hermosas -arándano, pianoforte, madreselva-, sonoridades en todos los idiomas. Llevemos esta prosa a flor de piel, hagámosla carne, sintamos su vida propia in crescendo, en la punta de la lengua, en el oído medio, entre las piernas. Dejemos la mente bien abierta, hagamos que las palabras sean -por esta vez- deseos sinceros. Y que los deseos crucen -aunque sea hoy- esta barrera del sonido...
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jueves, 16 de junio de 2011
A gift (from you)
Cada vez que me vienen ganas de llorar para las que no tengo lágrimas, cuando las agujas me pinchan la piel desde adentro, esas noches en que la garganta se sacude en espasmos vacíos, yo tengo un as debajo de la manga. Una amalgama de recuerdos tuyos, reminiscencias de esa noche y del monólogo que le dedicaste a mi autómata -que sólo te devolvía monosílabos-, la despedida antes del “Hola!”, el paseo por Almafuerte, el abrazo frente a la puerta, las lágrimas en el piso mientras me descalzaba las sandalias rojas, y mi estropajo comiendo una Tita en algún banco de plaza.
No importa qué haya pasado en mi día, cuántos amigos haya perdido, ni los cachorritos aplastados por doscientos conductores imprudentes. Nada, pero nada, me ayuda a llorar como lo hace tu involuntario y valioso regalo, que primero no supe aceptar. Gracias. De veras.
No importa qué haya pasado en mi día, cuántos amigos haya perdido, ni los cachorritos aplastados por doscientos conductores imprudentes. Nada, pero nada, me ayuda a llorar como lo hace tu involuntario y valioso regalo, que primero no supe aceptar. Gracias. De veras.
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domingo, 15 de noviembre de 2009
Maldito barrilete cósmico (Se me pincha el globo)

Quién dice que un buen día, de tanto mirar para arriba, no doy un buen tropiezo y caigo de bruces al cielo. Y, capaz, una nube negra amortigüe mi caída; o esa estrella puntiaguda se me clave en este ojo.
Es posible, también, que un angelito pase haciendo gambetas con la luna, le tire un centro al astronauta y yo ni me de por enterada.
Puede pasar que Saturno me invite a bailar hula hula, sus anillos me queden chicos y él tenga que menear solito. O que la bóveda celeste se abra y lluevan monedas de diamante. Y que la Vía Láctea se cuaje para hacer asteroides de ricota.
Tal vez, las Tres Marías no sean trillizas, los Siete Cabritos ya estén asados, Orión no tenga cintura, y la Cruz del Sur esté invertida. Es factible.
Pero, lo seguro, es que un barrilete me envolverá con su cola, me susurrará los secretos del Universo y me devolverá a la Tierra; un planeta al que (sospecho) no pertenezco.
Es posible, también, que un angelito pase haciendo gambetas con la luna, le tire un centro al astronauta y yo ni me de por enterada.
Puede pasar que Saturno me invite a bailar hula hula, sus anillos me queden chicos y él tenga que menear solito. O que la bóveda celeste se abra y lluevan monedas de diamante. Y que la Vía Láctea se cuaje para hacer asteroides de ricota.
Tal vez, las Tres Marías no sean trillizas, los Siete Cabritos ya estén asados, Orión no tenga cintura, y la Cruz del Sur esté invertida. Es factible.
Pero, lo seguro, es que un barrilete me envolverá con su cola, me susurrará los secretos del Universo y me devolverá a la Tierra; un planeta al que (sospecho) no pertenezco.
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lunes, 19 de octubre de 2009
Puro cuento I (True colors)

Sí, sí señores. Ya lo hicieron Xuxa, Madonna, y Araceli González; ahora es mi turno de publicar cuentos para los locos bajitos. ¡Alegraos, enanos del Hospital Roballos, pues ya tenéis quien os escriba! ¡Provecho!
No esperaba al Príncipe Azul, ni tampoco lo quería. Era engreído, estúpido, y demasiado apuesto; una presa fácil para las Cortesanas Jade que acechaban en cada rincón del palacio. Además, todos sabían que desde su infancia, su destino estaba ligado al de alguna Princesa Rosada.
Tampoco le gustaba el Rey Rojo, machote, violento y burdo, que recorría el reino en busca de mujeres de todos los colores, para saciar su apetito carnal y afirmar así su dudosa hombría.
Detestaba al Mariscal Verde, que escondía su entrecejo fruncido bajo un yelmo intimidante. Un déspota al servicio de otro déspota, cruel, insensible, sin imaginación.
El casto Sacerdote Blanco estaba fuera de su alcance, pero nunca le había despertado interés, de todos modos. Además, le resultaba hipócrita; más que blanco, lo veía manchado de amarillo.
El Bufón Anaranjado la hacía reír, pero nada más. No se podía hablar en serio con él; y el color naranja le resultaba demasiado chillón.
La Condesa Violeta se le había insinuado la otra noche en un banquete, pero ella la rechazó amablemente. No era ese el color que buscaba, tan similar al suyo.
Nadie en el reino sabía a quién le regalaría su corazón la Dama Índigo. Es más, nadie lo había visto jamás, ya que lo guardaba en un cofre, oculto en una torre situada en la cima de la Montaña Marfil; la joven tenía miedo de que alguien se lo robara, por eso lo escondió en un lugar casi inaccesible. Índigo reservaba su corazón para algún Caballero Dorado o de cualquier color que no figurara en el arco iris.
Una inesperada tarde de tormenta, apareció en el palacio un Juglar Gris, llegado desde la Comarca Recóndita. El joven traía cuentos, relatos y canciones de otros reinos por los que había peregrinado. Las demás muchachas no parecían reparar en el joven melancólico, pero la Dama Índigo (por algún motivo que ignoraba) se quedó prendada de aquel plebeyo, y decidió que le daría su corazón.
Esa misma noche, la Dama se acercó al Juglar; le confesó sus sentimientos y le pidió que la esperara un tiempo, ya que tendría que emprender un viaje largo, en busca del corazón oculto. Él la besó y le deseó buen viaje.
Continuará…
Tampoco le gustaba el Rey Rojo, machote, violento y burdo, que recorría el reino en busca de mujeres de todos los colores, para saciar su apetito carnal y afirmar así su dudosa hombría.
Detestaba al Mariscal Verde, que escondía su entrecejo fruncido bajo un yelmo intimidante. Un déspota al servicio de otro déspota, cruel, insensible, sin imaginación.
El casto Sacerdote Blanco estaba fuera de su alcance, pero nunca le había despertado interés, de todos modos. Además, le resultaba hipócrita; más que blanco, lo veía manchado de amarillo.
El Bufón Anaranjado la hacía reír, pero nada más. No se podía hablar en serio con él; y el color naranja le resultaba demasiado chillón.
La Condesa Violeta se le había insinuado la otra noche en un banquete, pero ella la rechazó amablemente. No era ese el color que buscaba, tan similar al suyo.
Nadie en el reino sabía a quién le regalaría su corazón la Dama Índigo. Es más, nadie lo había visto jamás, ya que lo guardaba en un cofre, oculto en una torre situada en la cima de la Montaña Marfil; la joven tenía miedo de que alguien se lo robara, por eso lo escondió en un lugar casi inaccesible. Índigo reservaba su corazón para algún Caballero Dorado o de cualquier color que no figurara en el arco iris.
Una inesperada tarde de tormenta, apareció en el palacio un Juglar Gris, llegado desde la Comarca Recóndita. El joven traía cuentos, relatos y canciones de otros reinos por los que había peregrinado. Las demás muchachas no parecían reparar en el joven melancólico, pero la Dama Índigo (por algún motivo que ignoraba) se quedó prendada de aquel plebeyo, y decidió que le daría su corazón.
Esa misma noche, la Dama se acercó al Juglar; le confesó sus sentimientos y le pidió que la esperara un tiempo, ya que tendría que emprender un viaje largo, en busca del corazón oculto. Él la besó y le deseó buen viaje.
Continuará…
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